El Juego como puerta de los niños al mundo

17-08-2019

¿Recuerdas cuál era tu juego preferido cuando eras pequeño? Esos mágicos momentos de gozo son los que, en gran parte, han sentado la base del adulto que eres hoy. Es por ello que, en el mes de la niñez conversamos con la docente y futura psicopedagoga, Gabriela Macchi, quien nos brindó su perspectiva sobre la importancia de que los niños aprendan jugando.

 

El niño cuando nace trae lo innato y durante su desarrollo va sumando las nociones de las que se va apropiando a través del contacto con su entorno. De esta relación se genera el aprendizaje. Machi nos explica que el juego es el primer vehículo de desarrollo en esa etapa. «Al jugar con un bebé generamos conexiones neuronales, cada vez que el infante interactúa con alguien o se le estimula se da una reacción. Si descuidamos eso las consecuencias son terribles, es una oportunidad perdida para un aprendizaje futuro», sentencia la profesional.

 

Muchas veces es cuestión de escuchar los instintos y en el caso de los más pequeños, la naturaleza es lúdica. A los niños les encanta divertirse. El trabajo de los adultos es guiarlos para que estos momentos de alegría se conviertan en una experiencia de aprendizaje. Y no es tan difícil, nos explica Gabriela, «los juegos no solamente son lo que nosotros conocemos como juegos. Cuando estamos hablando del niño pequeño, un juego es contarle un cuento, hacer sonar tapitas dentro de una botella o hacerle palpar diferentes texturas a un bebé; se trata de estimular todos sus sentidos».

 

Otro factor muy importante es la interacción, tanto con los padres y familiares adultos, como también con otros niños. Del juego con sus pares el infante aprende muchos valores y habilidades, entre ellas la paciencia y a lidiar con la frustración. «Van a entender que no siempre podrán obtener lo que quieren y van a ir regulando sus emociones», nos dice Machi. En los espacios lúdicos los niños van construyendo estructuras mentales más complejas y van reforzando su autoestima. Esto les permite conocer su entorno y el ambiente en el que va creciendo, le ayuda en su desarrollo psicomotor y a la percepción de sí mismo, «le da una noción del otro, lo ayuda a vincularse, a desarrollar la empatía y al reconocimiento de roles», comenta nuestra entrevistada.

 

Cabe destacar que no solo los niños se benefician con esta práctica, también los padres. «Ellos están descubriendo al niño, lo que le gusta o no, lo que le cuesta, lo que más le llama la atención, están en su pequeño universo». Pero es importante que en estos espacios los adultos establezcan los límites, para enseñarle que la gratificación no siempre es inmediata y que puede haber fracasos. «En nuestra propia comodidad podemos darles todas las facilidades, pero el mundo le va a presentar dificultades. En un futuro, esto puede resultar en menor tolerancia a situaciones de frustración», acota Gabriela.

 

El juego es el momento ideal para enseñar modelos en los cuales la tolerancia y el respeto al cuerpo de uno mismo y del otro es fundamental. «Se debe mostrar que la violencia no es la solución. Si nosotros presentamos modelos de juego en los cuales la violencia es aceptada, podemos esperar que esos chicos vean la violencia como una conducta aceptada o que no lo identifiquen como violencia».

 

Aunque parezca obvio, en los tiempos en que el celular nos acompaña a todas partes, muchos padres olvidan que deben dejarlo de lado si quieren pasar tiempo de calidad con sus hijos. En ese aspecto la entrevistada pasa a un plano más personal y nos cuenta la experiencia de sus padres con su hermanito de 10 años. «Desde pequeñito le leían cuentos, mi papá especialmente. Y no solo le lee el cuento, sino que se encarga de contar la historia, de darle matices. Esto hizo que la relación entre ellos sea más fuerte y que mi hermanito tenga la capacidad de comunicarse directamente con él. Por otro lado, alimentó la curiosidad de mi hermano, su capacidad de crear, su interés por la lectura, su vocabulario. Todo lo que esos 15 minutos de lectura le dieron ese niño no se comparan a ninguna aplicación en el celular, a ningún programa de la televisión».

 

Gabriela Macchi tiene 27 años. Actualmente se encuentra en proceso de tesis para obtener el título de Psicopedagoga, además de ser docente de inglés. Antes estudió Derecho pensando que era su vocación. Sin embargo, un verano le tocó pasar tiempo con niños y fue entonces que se dio cuenta que su plenitud como profesional estaba lejos de los despachos de abogados. Ese mismo amor a los niños que demuestra tanto ella, como toda su familia, es lo que la lleva a colaborar desde hace muchos años con Dequení. Por ese mismo motivo hoy forma parte del Staff Laboratorio de la Educación de la fundación.

 

Gabriela Macchi, estudiante de psicopedagogía.  

Staff Laboratorio de Dequení. 

 

 

 


 

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